lunes, octubre 28, 2013

12 DE OCTUBRE: FUNDAMENTACIÓN E HISTORIA

La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí, la frase desbordaba el contenido; aquí, el contenido desborda la frase.
Karl Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte.

Otra vez fue 12 de octubre y otra vez resultó aburrido. Las conmemoraciones patrias es lo que tienen. Pero siempre hay algo que salpimienta el hecho –sí, metáfora gastronómica- y esta vez ha sido el furor de la crítica de la autoproclamada izquierda en las redes sociales contra la fecha: que si pérdida de libertad de los indígenas, que si genocidio, que si había que pedir perdón... Crítica reaccionaria pero crítica al fin.

¿Reaccionaria? Ya está, piensa el lector comprometido, el imbécil este con su dandismo. Bueno, un poco sí, hipócrita lector –a veces, me gusto-, pero otro poco pretendemos que sean argumentos. Empecemos.

Cuando se habla sobre hechos históricos y se relacionan con la moral, para juzgarlo como buenos o malos o inocentes o  culpables, hay que caminar con pies de plomo. Pero mayor problema surge aún cuando se habla de justicia histórica. Efectivamente, la justicia en la historia no es un concepto sencillo. La ñoña memoria histórica ha hecho mucho daño dando a entender que la justicia histórica es distinguir entre buenos -que curiosamente siempre tienen nuestras ideas políticas- y malos –ya saben, quienes no las tienen- y recuperar a los buenos con nuestro homenaje.
Aunque, paradoja, estén muertos.
Y el problema surge porque esto acaba dejando de lado el carácter de disciplina científica de la historia y la convierte en algo así como una escatología de salvación. El fin último de la historia ya no es conocer profundamente el pasado sino hacerlo presente y rescatarlo. Hay una expresión del fascismo que lo ejemplifica muy bien: ¡Caídos por Dios y por España, presentes! La memoria histórica es así el recuerdo muy emocionado de los caídos por Dios y por España -a veces me lío- y su homenaje. Hacerlos presentes, aunque estén muertos.

Sin embargo, la historia no debe tener ese anhelo de justicia sino un anhelo de objetividad si desea ser una disciplina científica. Y no debe tenerlo porque la historia como ciencia debe buscar remitirse al Ser -a lo que ocurrió- y no al  Deber Ser –a lo que debería, o hubiera sido justo, haber ocurrido-. La historia, si quiere ser una disciplina científica, deberá ser descriptiva  y no compuesta por juicios valorativos. Y gracias a ese anhelo de objetividad, se ha pasado de la crónica hagiográfica del héroe, o despectiva del villano, al estudio social que pretende completitud. Sería triste volver a la vida de los santos -o de los revolucionarios incansables- y leer los libros de historia con la emoción del converso. Porque, otra paradoja, eso no haría nunca justicia al pasado como tal pasado sino que traería la identificación plena con el presente y con ella el conservadurismo.

Todo esto no quiere decir, por supuesto, que la historia esté exenta de ideología ni tampoco  que no se puedan analizar valorativamente, e incluso moralmente, los acontecimientos pasados sino otra cosa bien distinta. Intenta expresar que el análisis moral de un hecho histórico no puede realizarse tal y como se hace dicho análisis en un hecho personal, sino que siempre debe de tener en cuenta, precisamente, el conocimiento objetivo, o al menos el más objetivo posible, de la época histórica. La justicia en la historia implica previamente la justicia para la historia. Y esta requiere, a su vez, del conocimiento objetivo. Y nunca, por tanto, pretende hacer vivo el pasado o hacerle justicia en el presente pues es consciente de que aquellos injustamente tratados nunca podrás ser resarcidos de su dolor. La historia, en definitiva, no es una compañía de seguros.

La conquista española de América es sin duda un hito histórico. Por supuesto esto no quiere decir que se nos inflame el corazón patrio cada 12 de octubre. Por hito entendemos algo fundamental en la historia. Gengis Khan y el imperio mongol fue un hito,  Roma fue otro. El imperio turco otro más, o el Imperio Británico. De esta forma, el Imperio español  pertenece la historia. Y por eso cuando se le juzga hay que hacerlo de acuerdo a lo explicado más arriba. Y al hacerlo así se rompen mitos que disfrazados de progresistas, no esconden sino el tufillo de la reacción y el racismo.

¿Reacción y Racismo? Efectivamente. Por partes.

En primer lugar hay un tufillo racista en todo esto. Las civilizaciones indígenas americanas no eran sino una estructura social barbárica de opresión hacia sus habitantes. Efectivamente, la idea de una especie de paraíso indigenista choca con la  realidad de unas civilizaciones sanguinarias y opresivas, seguramente las más sanguinarias de la historia. Y aquí empieza el racismo. Quienes no dudan, con razón, de calificar  al poder social renacentista española, y aún más en el barroco, de opresivo hacia lo humano sin embargo presentan las sociedades precolombinas como idealizaciones del buen –poco- salvaje –mucho-. Quienes tienen siempre en su boca la Inquisición miran el sacrificio humano recurrente y sistemático como si fuera un parque temático de la diversidad. Quienes se burlan de la filosofía Escolástica y la tachan de atrasada abrazan la imbecilidad mítica de la Pachamama y su ignorancia. Así, implícitamente aparece un ideal racista. Y lo es porque curiosamente al criticar lo occidental se basan, correctamente, en su acción contraria a los derechos de los habitantes, pero, al no criticar de la misma manera a la sociedad precolombina, se infiere el racismo de que sus habitantes no deben disfrutar de tantos derechos como los occidentales: doble rasero. Los indios, así piensa el autodenomina izquierdista, antes de humanos son  indios, y deben cumplir su papel: hacer el indio. Y esto se ve también cuando se defienden dictaduras por su contexto histórico –unas sí y otras no- o se es comprensivo con religiones barbáricas como el Islam –al fin y al cabo los moros no son ni blancos ni occidentales- y sin embargo se pone el grito en el cielo por anuncios presumiblemente machistas y que no puede ser admitidos por los derechos de la mujer, ay, blanca y occidental.

Pero, el segundo aspecto, más ideológico y más profundo, es la mentalidad reaccionaria que esto encierra. Efectivamente, el problema aquí surge por  el fundamento de la crítica a la conquista española. Y esto es básico. La crítica a dicha conquista, se observará, no se basa en los derechos de los indígenas -pues eso implicaría a su vez la crítica feroz, al menos tanto como a la civilización española, de las civilizaciones precolombinas- sino a la ruptura de su cultura, llamemosla así, y su forma de vida tradicional. De esta forma, como ya hemos señalado, esta vida tradicional se convierte en el ideal para el juicio moral y desde allí es donde la conquista española, que lógicamente la destruye, se transforma en mala. Surge así un romanticismo ñoño, sin la profundidad del de Rousseau del que tampoco somos fans, que solo acepta, aquí como realidad presuntamente histórica, el mito del buen salvaje pero no su superación. Y surge el problema del fundamento pues este se soluciona remitiéndose a un ideal pasado que no se sostiene históricamente. Es aquello que en España ocurre con la República y que en América pasa por los llamados movimientos indigenistas.

Y el problema comienza precisamente porque al situar el fundamento en una época histórica anterior, el pensamiento o se convierte en mito, falsificando ese pasado como en los dos casos anteriormente citados y presentándolos como carentes de contradicciones, o se convierte en reaccionario porque incita a la creencia de que lo bueno es la forma de vida tradicional, incluyendo entregar el corazón vivo al sol y hacer una bonita pared con cráneos. Lo que se ha dado es lo que debería darse.

Puede parecer esto superfluo pero es lo fundamental. Hay una frase de Marx, que encabeza este texto, que representa, tal vez, de lo más vigente de su pensamiento. En ella se señala que la revolución no debe buscar su fundamento en la historia, que no es más que la tragedia de la humanidad, sino en el futuro. La tradición, desde Aristóteles, había situado el fundamento hacia atrás en el tiempo. Precisamente, el cambio de laModernidad será hacerlo en el futuro. La conquista de América fue un, otro, episodio brutal de esa tragedia que es la historia. Pero, como lo fueron los aztecas o los mayas. Lo que importa no es buscar el fundamento de su maldad en el pasado, incluso recordemos: estaban en la edad de piedra, sino en el futuro. Lo que importa es explicar que el 12 de octubre, en realidad, fue tan brutal para los indígenas americanos como cada día anterior de sus vidas y que nada salvará el dolor de las víctimas de la historia. Pero el dolor del presente solo podrá conjurarse en el porvenir y no en el polvo de un pasado que nunca fue como nos gustaría que hubiera sido.


La Pachamama es una basura histórica. La Escolástica es arqueología. Sólo desde un pensamiento que se niega a repetir las fórmulas de lo ya acontecido es posible enfrentarse al presente. El pasado nos pide solo creer, el futuro nos exige pensar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

“...fue tan brutal para los indígenas americanos como cada día anterior de sus vidas...”

Genial resumen del Descubrimiento.
Y si no fuera así, merecería la pena falsear la historia, para que se pudiera ajustara a su frase.

Un Oyente de Federico