jueves, septiembre 25, 2014

NUEVO CAPITALISMO, NACIÓN Y POLÍTICA

Los acontecimientos históricos coincidentes se pueden dividir grosso modo en dos: aquellos que son fruto puramente de la casualidad y aquellos otros que están enlazados por una relación causa-efecto o, al menos, por una conexión necesaria. Por ejemplo que yo naciera en tiempos de la guerra fría no es sino una casualidad pues ello ni influyó en esta ni, a su vez, fue influido por ella –o eso, al menos, me contaron mis padres-. Por ejemplo, y sin embargo, que la idea de nación y en concreto el desarrollo del estado nación se originara durante el despliegue del capitalismo en el siglo XIX es una conexión necesaria.

Efectivamente, el capitalismo necesitó la creación de una política nacional para poder desarrollarse y la forma más avanzada de esta era sin duda la creación de las naciones estado. Así, nación y desarrollo del mercado capitalista van no solo unidos sino conectados en la historia. Y no sólo lo hacían en un sentido conservador, con la afirmación del estado nación como refrendo del capitalismo y viceversa,  sino también en las políticas de la izquierda: necesariamente la realidad política debía tener en cuenta fundamentalmente lo nacional no tanto por un sentido patriótico como por un sentido realista.  La izquierda era nacional, aunque no nacionalista, porque las circunstancias lo exigían. Y por eso, a su vez y como aquello que se llamaba programa máximo, la izquierda no podía ser esencialmente nacionalista.

Sin embargo, todo esto cambia a raíz de la aparición del nuevo capitalismo, posterior a la segunda guerra mundial. Efectivamente, si el capitalismo decimonónico y de principios del siglo XX es un capitalismo nacional –y el imperialismo no es su contradicción sino su apogeo-, a partir del final de la segunda guerra mundial el capitalismo empieza a formarse de acuerdo a una nueva realidad internacional que se ve perfectamente reflejado en la preocupación por la liberación de las transacciones internacionales y en la creación de mercados internacionales como pueden ser por ejemplo la ya añeja Comunidad Económica Europea reconvertido ahora en Unión Europea. Este proceso, al principio tímido, va tomando cada vez mayor fuerza llegando a partir del inicio del siglo XXI a una realidad absolutamente nueva: la economía es absolutamente internacional. Y cuando hablamos de economía no estamos hablando sólo de la economía de las altas finanzas o de las grandes corporaciones industriales sino también de por ejemplo, la permanencia de cualquiera en su puesto de trabajo compitiendo con gente de otros países que usted ni tan siquiera conoce -aunque también es justo reconocer que ellos tampoco le conocen a usted-. Así, la internalización de la economía es un hecho del nuevo capitalismo.

Sin embargo, y aquí empieza el problema, está entronización de la economía como fuerza universal no va en absoluto unida al aumento similar de la política sino más bien al contrario: se da  un enclaustramiento, cada día y cada año mayor, de la propia política como nacional o incluso como regional. Efectivamente, parece que la respuesta a la internalización de la economía no es más que la petición desesperada de mayor soberanía nacional. Pero resto, debería quedar claro, no es sino una utopía reaccionaria. Y por eso, de nuevo, hay una sutil diferencia entre la derecha, que es quién gobierna de facto,  y la izquierda, superguay y poco productiva.

La política de la derecha se distingue por estar realizando un doble juego. Por un lado, controla una serie de estructuras internacionales –la troika como paradigma en Europa- que gestionan la reacción política ante la economía mientras que, por otro, clama por la nación, sabiendo que ésta última acción resulta estéril. Lo que la derecha ha logrado es precisamente deslindar toda la economía de la acción política dejando exclusivamente a esta en el terreno inocuo de las promesas electorales o bien convirtiendo al mismo gobierno, tal y como por ejemplo ocurre actualmente en España, en un organismo administrativo subsidiario de esos mismos órganos internacionales anteriormente citados. Pero lo que importa destacar aquí de esta acción de la derecha es que desde su perspectiva ideológica tiene un claro objetivo y es eficaz. La derecha gobierna actualmente los países de forma independiente al resultado electoral pues ha logrado deslindar absolutamente la política, basada en lo nacional y por tanto inútil, de la economía que es producida de forma internacional y, por lo tanto, absolutamente ajena a los avatares electorales propios de las democracias. La derecha gana y, como deportistas, deberíamos felicitarla.

El problema, por tanto, no están la acción de la derecha, que ha sido de una astucia relevante, sino de la patética actuación de la política de izquierdas. Efectivamente, lo único que la izquierda ha presentado frente a esta economía globalizada ha sido la llamada Europa de los pueblos cuando no el nacionalismo más paleto posible. Frente a una economía mundial, el discurso izquierdista está rondando permanentemente las conexiones tribales, hablando de una soberanía nacional que es imposible de reconquistar y situando el ideal en el propio siglo XIX con eltodavía estado-nación.  Y precisamente ese es su error.

Creer que la economía puede tener un fundamento internacional y que sin embargo la política que debe plantarle cara puede ser de corte nacional forma parte del infantilismo de la izquierda, cada día más extendido. Lejos de eso, la única solución frente al desarrollo de una economía internacional es la creación de una política de izquierdas que dé respuesta internacionales. Es una izquierda internacional y no una izquierda paleta y de los pueblos.

Sin embargo, alguien ante esta perspectiva podría intentar falsar esta teoría al presentar la idea de que estos movimientos nacionalistas –o sea: paletos-, especialmente los independentistas, no parecen estar apoyados por la propias grandes corporaciones económicas y por lo tanto, concluyendo, que serían elementos contrarios al propio capitalismo. Y de nuevo, tenemos aquí el pensamiento infantil de la izquierda que cree que todo lo que es contrario al capitalismo necesariamente debe ser fuente de progreso: si no, miren la payasada indigenista.

Por supuesto, las grandes oligarquías económicas son totalmente contrarias a estos desarrollos nacionales. Pero, esto no quiere decir que estos movimientos sean contrarios al capitalismo en la condición que nos interesa. Efectivamente, no todo elemento contrario el capitalismo debe ser necesariamente asumido por un pensamiento de izquierdas al menos si es que por izquierda entendemos pensamiento progresista y la emancipación de los sujetos. No cabe duda, por poner un ejemplo, que el grupo terrorista del Estado Islámico es claramente anticapitalista, pero ello no debería llevar a alegrarnos de sus decapitaciones. Exactamente igual, no cabe duda de que el nacionalismo actual es contrario al desarrollo del nuevo capitalismo pero lo es no en un sentido de progreso sino en un sentido de reacción. El nacionalismo actual, como los autodenominados procesos de Cataluña o Escocia, no son sino o elementos que pertenecen al siglo XIX y por lo tanto elementos claramente reaccionarios en la crítica política..

De esta forma sólo cabe plantearse un futuro para la izquierda, si quiere seguir siendo un elemento emancipador. Este futuro es la internalización de la política, es decir: frente al mercado económico internacional generar un mercado político internacional. Alguien podría asustarse y echarse las manos a la cabeza ante la mera expresión mercado político internacional pero es de lo que se trata. Las elecciones generan mercado político y la idea es que la respuesta al mercado político internacional de las mercancías sólo puede ser respondida por un mercado internacional de los seres humanos. Por ello, la respuesta de la izquierda debería ser la internalización de la política y no la nacionalización o incluso o la regionalización de esta. No se trata de una utopía sino de una absoluta realidad: sí Europa es un mercado de libre circulación de las mercancías, es decir es una pura internalización económica que gobierna sobre los estados nacionales, la respuesta política es generar esta estructura económica como un solo país para poder dominarla por la democracia.

¡Pero todo esto es utópico!, clama el autoproclamado izquierdista. Sin embargo, lo que habría que contestarle es que lo utópico resulta querer contestar a una economía globalizada desde una política nacional. En otro artículo ya hemos defendido la necesidad de constituir Europa como un país. Sin embargo, la izquierda actual pretende reconvertir cada región, provincia o aldea en un estado-nación. La boina y la barretina, cuando no la toga de la monjita rebelde, ha venido a sustituir a la autentica lucha por el progreso. Si la izquierda quiere seguir siendo izquierda debe olvidarse de la tierra que pisaron sus antiguos dominados por la barbarie y pensar en la que debería pisar cualquier ser humano por el mero hecho de serlo.